EL JOVEN GOODMAN BROWN

Luego de casi un año sin publicaciones, regreso para regalarles una traducción original en la que estuve trabajando en estos pasados meses. Si te gusta la literatura de terror gótica, sigue leyendo Goodman Brown.

 

“Young Goodman Brown” (El joven Goodman Brown) es un cuento original del escritor estadounidense Nathaniel Hawthorne escrito en 1835. Sus rasgos literarios de la época romántica gótica se entremezclan con el contexto histórico de la época, cuando el puritanismo ejercía su influencia en muchos estados de los Estados Unidos.

La historia nos remonta al pueblo de Salem, en tiempos previos a las cacerías de brujas. El protagonista de esta historia descubre la naturaleza pagana y diabólica de algunas autoridades espirituales de su pueblo. Por este motivo, esta obra, si bien es rica en vocabulario y contenido literario, también es una crítica implícita a la doble moral, permitiendo que sus lectores abrieran los ojos ante un mundo oculto, lleno de engaños y de discursos alentadores.


 

Por Nathaniel Hawthorne (1835)
Traducción al español por Bryner Villalobos (2017)

El joven Goodman Brown salió a la callejuela desierta de la aldea de Salem al atardecer. Volvió su rostro, cuando hubo cruzado el umbral, para intercambiar con su joven esposa un beso de partida. Y ella, muy bien nombrada Fe, impuso su rostro hermoso a aquella solitaria callejuela, y dejó a la brisa jugar con los listones rosáceos de su corona, mientras así le rogaba a su Goodman Brown:

«Bien amado de mi corazón, –susurró, apasible y con voz aflijida, mientras acercaba sus labios al oído de su querido– os suplico, por favor, suspended vuestro viaje hasta el amanecer; dormid en vuestro propio lecho esta noche. Una mujer en soledad es atormentada con tales sueños, y tales pensamientos, que en ocasiones le hacen temer hasta de sí misma. Quedaos, te ruego, quedaos también conmigo esta noche, bien amado esposo, como en todas las noches del año».
«Amor mío, Fe mía, –replicó el Joven Goodman Brown– de entre todas las noches del año, en esta debo pernoctar lejos de vos. Debo y necesito perpetrar este Mi viaje, como lo habéis llamado, de ida y vuelta, desde esta hora y hasta el amanecer. ¿Ya dudáis de mí, hermosa y dulce esposa mía, con tan solo tres meses de haber unido nuestras vidas?»
«Paz, mi bien, ¡qué Dios os bendiga!, –exclamó Fe, engalanada con sus rosáceos listones–. Y que a vuestro regreso, todo os sea propicio».
«¡Amen!, –clamó Goodman Brown–. Decid vuestras plegarias, querida Fe, y al anochecer dormid, y ningún daño os sobrevendrá».

Entonces, se separaron; Y el joven hombre emprendió su camino hasta que, justo cuando se disponía a girar en la esquina de la capilla, miró atrás y pudo distinguir el rostro de Fe, quien aún lo seguía con una mirada furtiva llena de melancolía, a pesar de sus vívidos listones color rosa.

«¡Pobrecilla de mi Fe!, –pensó; le escocía el corazón–. ¡Soy un desgraciado por dejarle sola en tal tribulación! También ha hablado de sueños. Me pareció atisbar un poco de inquietud en su semblante al hablar, como si un sueño le hubiese vaticinado las obras que serán consumadas esta noche. Pero no, no; le mataría tan solo pensar en ello. Dios, es un ángel bendito sobre esta Tierra. Luego de esta noche, prometo permanecer en su regazo y seguirle hasta el Cielo».

Con esta resolución tan excelsa sobre su futuro, Goodman Brown justificó apresurarse aun más en su pérfido cometido de aquella noche. Tomó un camino sombrío, obscurecido por los árboles más tétricos del bosque, que apenas daban paso al angosto trecho a través de la floresta, y que parecían esconder el sendero a las espaldas de los caminantes. El lugar estaba tan solitario como podría imaginarse; y, en una soledad como aquella, existe la peculiaridad de que los viajeros desconocen qué o quién podría ocultarse tras los troncos innumerables y las densas enramadas en lo alto, de tal manera que, aún con sus pasos solitarios, bien podrían estar caminando a través de una multitud invisible.

«Podría haber un indio demoníaco detrás de cada árbol, –dijo Goodman Brown en sus adentros; y atemorizado miró fugazmente para atrás, mientras añadía– ¿y qué sería de mí si el diablo mismo estuviese justo a mis espaldas?»

Tan pronto como hubo girado su cabeza, viró en un recodo del camino y, cuando hubo fijado su mirada hacia el frente, pudo ver la figura de un hombre que lucía un atuendo muy sobrio y decente, sentado al pie de un viejo árbol. Se levantó al encuentro de Goodman Brown y emprendió su caminata junto a él.

«Llega retrasado, Goodman Brown –dijo al fin–. El reloj del Viejo Sur tañía al momento que atravesaba las callejuelas de Boston; y esto ocurrió hace casi dieciséis minutos».
«Mi Fe me ha retenido unos instantes –replicó el joven hombre con una voz temblorosa, causada por la aparición súbita aunque no del todo inesperada de su acompañante–».

Ya el crepúsculo había sumido al bosque en profunda obscuridad; y profundo también era el sitio del bosque por el que estos dos viajaban. podría intuirse que el segundo viajero tenía cerca de cincuenta años; aparentaba estar en la misma situación de vida que Goodman Brown, e incluso ambos compartían una similitud considerable, aunque quizás más en sus gestos que en sus rasgos. No obstante, podrían haberse tomado por padre e hijo. Y aun así, a pesar de que el mayor llevaba un atavío tan simple como el del joven, y de que también sus modos asemejaban a los de él, tenía la indescriptible altiveza de quien conoce el mundo y de quien no se sentiría deshonrado a la mesa misma del gobernador, o inclusive en la corte del Rey William, adonde era muy probable que sus asuntos le condujeran con gran frecuencia. Pero su única peculiaridad digna de admiración era su báculo, que poseía la forma de una gran cerpiente negra, forjada de una manera tan curiosa que cualquiera podría verle retorcerse y ondularse cual culebra viva.
Desde luego esto debió haber sido un engaño de la vista, propiciado por la escaza luz.

«En marcha, Goodman Brown –gimió su peregrino compañero–; este es un ritmo muy monótono para ser el comienzo de este viaje. Tome mi báculo, si es que pronta es su fatiga».
«Amigo –comenzó el otro, mientras mermaba aún más su ya lerdo ritmo y se detenía del todo–, ya que hube mantenido mi pacto al encontrarle aquí, debo decirle que es mi deseo detenerme y regresar a mi hogar; mi recelo me impide inmiscuirme en los asuntos de los que usted posee buen conocimiento».
«¿Cree tal cosa?, –replicó el hombre de la cerpiente, con una sonrisa discimulada–. Permitámonos caminar un poco más, sin embargo, y razonemos al andar; si le convenzo, no podrá regresar. Aún no nos encontramos en un trecho tan recóndito del bosque».
«¡Muy lejos! ¡Muy lejos!, –goodman exclamó, a pesar de que en ese justo momento reanudó su marcha de forma involuntaria–. Mi padre nunca se adentró en bosque alguno para tales diligencias, ni aun su padre mismo antes que él. Siempre hemos sido una raza de hombres honestos y de buenos cristianos, incluso desde la época de los mártires; y ¡deberé ser yo el primero del nombre de Brown que en la historia tome tal camino y que ande…»
«¿En tal compañía?, dirá usted, –observó el viejo, luego de interpretar su pausa–. ¡Bien dicho, Goodman Brown! Al igual, yo siempre he tenido un buen conocimiento tanto de su familia como de cada uno de los puritanos. Esto que le digo no es ninguna bagatela. Yo le fui de gran ayuda a su abuelo, el alguacil, cuando con mucha elegancia y sin demora decidió fustigar a la dama Quaker en público, a lo largo de las calles de Salem. Y he sido yo quien ha traído a su padre un nudo de pinotea, encendido con la llama misma de mis fogones, para incendiar por completo una aldea india, durante la guerra del Rey Philip. Eran buenos amigos míos, ambos. Y a lo largo de este camino, juntos vivimos momentos placenteros. y regresaron siempre gozosos al fenecer la media noche. Con agrado encontraría, Goodman Brown, establecer una amistad con usted, para su propio bien y el de ellos».
«Si fuese como usted dice, –respondió Goodman Brown– es de mi asombro no haberles escuchado nunca mentar tales asuntos; aunque, ciertamente, no debería serlo, ya que es bien sabido que el mínimo rumor de tal índole, hubiese ocasionado su éxodo de Nueva Inglaterra. Nosotros somos gente de bien, de oración, de buenas obras, y no seguimos ni toleramos tales maldades».
«Maldades o no –dijo el viajero del trenzado báculo viperino–, en general, soy muy bien conocido aquí en Nueva Inglaterra. Los diáconos de muchas iglesias han bebido el vino de la comunión conmigo; los concejales en común de varias aldeas me han nombrado su presidente; y una gran mayoríia tanto de la Corte Suprema como del Tribunal General son partidarios asiduos de mis intereses. El gobernador y yo también… ejem, bueno, tales asuntos son secretos de Estado».
«¿Podrán estas cosas ser verdaderas?, –suspiró en absoluto asombro Goodman Brown, con sus ojos clavados fíjamente en su compañero, quien permanecía impertérrito–. No obstante, yo no tengo relación alguna con los asuntos del gobernador ni con el concejo; ellos tienen sus propios procederes, y no representan autoridad alguna para este simple campecino. Mas, ¿habré de seguir en este camino con usted? ¿Con qué rostro voy a presentarme ante nuestro buen hombre, nuestro viejo ministro, allá en el pueblo de Salem? Oh, su voz me haría estremecer, me haría estremecer siempre, tanto en el Día de reposo como en el día de liturgia».

hasta aquel momento, el viejo caminante había estado escuchando con notable seriedad. Sin embargo, con esto dicho, prorrumpió en un ataque de risa tan incontenible que le hacía agitarse con mucha violencia, e incluso su báculo viperino parecía retorcerse en aprobación.

«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –Aullaba una y otra vez; mas después, volvió a la compostura–. Bien, adelante, Goodman Brown, adelante; pero, por favor, le ruego no me mate de risa».
«Bien, en tal caso, para zanjar de una vez por todas este propósito –declaró Goodman Brown en considerable irritación–, también está mi esposa, Fe. Algo así rompería su muy bien amado corazoncito; y yo antes preferiría romper el mío mismo».
«No, por favor–replicó el otro–, tome su camino, Goodman Brown. Por mujeres de setenta años como la que se aproxima cogeando hacia nosotros, no quisiese que a su Fe le acaeciese daño alguno».

Mientras hablaba, apuntaba su báculo hacia una figura femenina que se acercaba por el sendero, en la que Goodman Brown reconoció a una dama muy ejemplar y piadosa, quien le había enseñado el catecismo en su juventud y que aún era su consejera espiritual y moral, junto con el ministro y diácono Gookin.

«Me asombra, ciertamente, encontrar a Goody Cloyse paseándose tan lejos en este inhóspito bosque al anochecer, –dijo–. Con su venia, amigo, yo tomaré alguna trocha en medio del bosque para acortar camino hasta dejarle atrás y dejar atrás a esta vieja cristiana. Al ser usted un extraño para ella, podría inquirir sobre tal compañía y mi lugar de destino».
«En tal caso, –respondió su peregrino compañero– adéntrese en el bosque y permítame seguir mi camino».

De esta manera, el joven hombre se desvió, mas se tomó la molestia de observar a su compañero, quien avanzó muy despacio a lo largo del sendero hasta que estuvo muy cerca de la vieja dama, a una distancia menor que la longitud de su báculo. Ella, mientras tanto, caminaba lo mejor que podía, con una velocidad más bien admirable para una mujer tan entrada en años, y murmuraba cierttas palabras intelegibles, una oración, sin duda, mientras andaba.
El viajero levantó su báculo y tocó el frágil cuello de la mujer, con lo que parecía ser la cola de la serpiente.

«¡El diablo! –gritó la piadosa anciana».
«Ah, ¿entonces Goody Cloyse reconoce a su viejo camarada? –observó el peregrino, mientras le confrontaba y se apoyaba en su bastón, que parecía retorcerse».
«Ah, por supuesto, ¿pero en verdad sois vos, vuestra merced? –chilló la buena dama–. Sí, sí, sí lo sois, en verdad, y en la mera imagen de aquellas antiguas murmuraciones sobre mí, Goodman Brown, el abuelo del chicuelo tonto que hoy todos conocemos. Pero, ¿lo creeríais vos, vuestra merced?, mi escoba desapareció de una forma muy misteriosa, robada, como sospecho, por aquella desgraciada vieja bruja que nunca colgaron, Goody Cory, y que, también, fui ungida con jugos de navo, y de cincoenrrama y de acónito…»
«Mezclados con trigo fino y la grasa de un bebé recién nacido –añadió la imagen del viejo Goodman Brown».
«Jah, vuestra merced conoce la receta –clamó la vieja dama, mientras se carcajeaba en voz alta–. Bien, como decía, ya preparada para la reunión, y sin caballo alguno que montar, me he decidido por venir a pie; me han dicho que en esta noche iniciaremos en la comunión a un muy agradable jovencito. Mas ahora vuestra merced me ofrecerá su brazo y estaremos allí en un parpadeo».
«Tal cosa es un poco imposible –replicó su amigo–. Creo no poder darle mi brazo, Goody Cloyse; pero le ofrezco mi báculo, si le place».

Dicho esto, dejó caer su báculo a los pies de ella, donde, quizás, este cobró vida propia, al ser una de las varas que otrora su propietario le haya dado en préstamo a los reyes magos egipcios. Sin embargo, de este hecho Goodman Brown no pudo tener conocimiento. Casi se le habían salido los ojos del asombro y, cuando miró de nuevo al frente, no volvió a divisar a Goody Cloyse ni al báculo viperino, sino que pudo observar a su compañero de viaje allí solitario, quien le esperaba tan sereno como si nada hubiese ocurrido.

«Esa vieja anciana me enseñó mi catecismo –exclamó el joven hombre; y existía todo un mundo de significado en tan pequeño comentario».

Entonces, siguieron adelante mientras el anciano peregrino exhortaba a su compañero a mantener un buen ritmo y a perseverar en el camino; su discurso era tan convincente que más bien parecía que sus argumentos fluían en el pecho de su receptor, en lugar de parecer sugeridos por sí mismo. Mientras andaban, arrancó una rama de arce para transformarle en un bastón de apoyo y comenzó a quitarle los pequeños filamentos, empapados de rocío nocturno.
Al momento en que sus dedos les acariciaban, se marchitaban de forma muy extraña y se secaban cual si hubiesen estado bajo el fuerte Sol de una semana. Y así los dos continuaron, a un buen ritmo, hasta que de repente, en una tétrica hondonada del camino, Goodman Brown se sentó sobre el tocón de un árbol y se reusó en ir más allá.

«Amigo mío –declaró, obstinado–, ya he tomado una decisión. Ni un paso más haré a mis pies dar en esta misión. ¿Qué podría acontecer si una vieja anciana miserable elige ir con el diablo cuando yo pensaba que iría al Cielo; existe algún motivo por el cual yo deba abandonar a mi bien amada Fe e ir tras ella?»
«Pensará mejor sobre tal asunto y lo reconsiderará tarde o temprano –escuchó a su conocido decir, muy sereno–. Tome asiento aquí y descanse por un momento; y cuando sienta de nuevo la necesidad de andar, aquí estará este mi bastón, el que le ofrezco, para sobrellevar el largo camino».

Sin decir más, le lanzó la vara de arce a su acompañante y desapareció de su vista de una forma tan instantánea, que bien se hubiese podido decir que se desvaneció en la obscuridad creciente. El joven hombre permaneció sentado unos instantes al borde del sendero, sumido en un éxtasis de orgullo y auto aprobación, mientras pensaba en que, a la mañana siguiente, se encontraría con el ministro en su caminata matutina con limpia consciencia y en que no tendría que encogerse ante la mirada del buen anciano, el diácono Gookin; y, además, en que esa noche, la que hubiese tenido que pasar de una forma tan retorcida y malévola, ahora la podría pasar de una forma muy dulce y pura, ¡en los brazos de su Fe! mas en medio de tan agradables y encomiables meditaciones, Goodman Brown escuchó fuertes pisadas de caballos a lo largo del camino y juzgó prudente ocultarse en los lindes del bosque, consciente del propósito culposo que le había llevado hasta allí, aunque ahora podría regresar con gran alegría y júbilo en su corazón.
Y así se aproximaban las fuertes pisadas de los cascos y las voces de los jinetes, dos viejas voces ásperas y serias, que se escuchaban conversar con marcada sobriedad al acercarse más y más. Estos sonidos entremezclados parecían moverse a lo largo del camino, a tan solo unos metros del escondite del joven hombre; pero, ciértamente, debido a la profunda obscuridad bajo la que aquel sitio en particular se cernía, ni viajjero alguno, ni aun su corcel, se podían divisar. A pesar de que sus siluetas rozaban las pequeñas ramas al lado del borde del camino, no era posible ver que ellos interceptaban, aun por un pequeño instante, el vago resplandor de la diminuta franja de cielo brillante por la cual habrían incluso sido capaces de deslizarse. De forma alternada, Goodman Brown se agachaba y se paraba de puntillas, mientras hacía a un lado las ramas y asomaba su cabeza tan lejos como sus agallas se lo permitían, para distinguir nada más que sombras inciertas.
Le irritaba aún más, ya que pudo haber jurado, sería tal cosa posible, que reconoció las voces del ministro y del diácono Gookin mientras trotaban apasibles a lo largo del camino, como solían hacerlo, cuando su destino era alguna ordenación o concejo eclesial. Todavía en su atónita escucha, uno de los jinetes se detuvo para arrancar una vara.

«De ambos, mi señor reverendo –escuchó decir a la voz que asemejaba a la del diácono– hubiese yo preferido no asistir a la cena de una ordenación que a la reunión de esta noche. Me han informado que algunos de nuestra comunidad asistirán, algunos de Falmouth y de allende, y otros de Connecticut y de Rhode Island, sin dejar de contar a varios indios powwows quienes, debido a su linaje, conocen tanto sobre hechicería y espiritismo como el mejor de nosotros. Y además, me han dicho que esta noche iniciaremos en comunión a una joven mujer, una joven mujer piadosa».
«¡Bien lo habéis dicho, diácono Gookin! –respondió la voz del ministro, en su tono solemne y ancianil–. Apuraos, o de otra manera llegaremos tarde. Sabéis que nada puede consumarse, sí, hasta que yo arribe al claro».

Los cascos repiquetearon de nuevo. Y las voces, que de muy extraña manera se escuchaban conversar en el aire vacío, se desvanecieron a través del bosque, en el que nunca jamás ninguna iglesia se hubiera congregado, ni cristiano solitario alguno rezado. ¿Hacia donde, pues, podría ese par de hombres santos viajar en tan profundo destierro pagano? El joven Goodman Brown aferró con puño fuerte el tronco de un árbol, listo para al fin yacer sereno sobre el suelo, desmayado y sobrecargado con un intenso mal en su corazón. Alzó su mirada al cielo, dubitativo al pensar si de verdad existía Cielo alguno en las alturas, empero allí descansaba la bóveda azul, con estrellas resplandecientes en toda su magnificencia.

«Con el Cielo en las alturas y mi Fe aquí en la Tierra, ¡seguiré siempre firme contra el diablo! –clamó Goodman Brown».

Mientras aún contemplaba la profunda bóveda del firmamento, y cuando hubo levantado sus manos para rezar, una nube avanzaba a través del cénit y ocultaba el intermitente brillo de las estrellas, a pesar de que no corría viento alguno. El cielo azul era aún visible, excepto quizás sobre su propia cabeza, por donde aquella masa nubosa sombría se movía rauda en dirección norte. A lo alto, en el aire, como si proviniese de lo más profundo de la nube, sobrevino un sonido como de voces confuso e incierto. En ese instante, el oyente creyó distinguir el acento de aldeanos de su propia comarca, hombres y mujeres, piadosos e impíos, muchos de los cuales había conocido en la mesa misma de la comunión, y otros que había visto protagonizar disturbios en la taberna.
Al momento siguiente, tan tenues eran los sonidos que dudó si lo que había escuchado en realidad eran los murmullos del viejo bosque, que susurraba aún sin brisa alguna.
Acto seguido, sobrevino una oleada más intensa de aquellas voces familiares, las cuales Goodman Brown había podido escuchar antes al Sol de medio día, cada día, en la aldea de Salem, mas nunca hasta ahora provenir de una nube de oscura noche. Pudo además escuchar la voz de una joven mujer, quien pronunciaba lamentaciones con tristeza incierta, y quien imploraba por algún favor que, quizás, le causaba gran aflicción. Y aquella gran multitud invisible, tanto santos como pecadores, parecían animarle a continuar su camino.

«¡Mi Fe! –gritó Goodman Brown, con una voz desgarradora de agonía y desesperación; y los ecos del bosque le engañaron al chillar en respuesta: “¡Mi Fe! ¡Fe! ¡Fe!”. Y pareció como si una perpleja horda de desdichados la busccara alrededor de toda aquella selva salvaje».

El lastimero alarido de dolor, de ira y de terror zumbaba aún en sus oídos y penetraba la obscuridad de la noche, cuando el esposo desdichado contuvo su aliento en espera de una respuesta. Pudo escuchar un grito, ahogado casi de forma inmediata por un murmullo más intenso de voces, que a la vez se desvanecían en risas distantes mientras la tétrica nube se alejaba arrastrándose; y el cielo claro sobre Goodman Brown yació en silencio. mas algo vio ondearse suavemente mientras caía a través del aire y aterrizaba en la rama de un árbol. El joven hombre le tomó y contempló estupefacto un listón rosáceo.

«Mi Fe se ha ido –clamó, luego de tal momento de estupor–. No existe bien alguno sobre esta Tierra; y el pecado no es más que otro nombre de pila. Venid, oh diablo, pues para vos a sido concebido este mundo».

Y enloquecido de desesperación, tanta que prorrumpió en un prolongado e intenso espasmo de risa, Goodman Brown asió su bastón y emprendió de nuevo su marcha, a tal velocidad que parecía volar a lo largo del sendero forestal, en vez de correr o andar. Aquel camino se volvió más salvaje y gris con forme avanzaba  y su rastro era ya casi imperceptible. hasta que, en cierto punto, simplemente desvaneció del todo; y Goodman Brown se encontró a sí mismo en el corazón de un obscuro destierro, presuroso, continuando su camino por instinto, mismo instinto que guía al hombre mortal al encuentro con el mal. El bosque entero parecía habitado por multitud de sonidos espeluznantes: chirridos de árboles, aullidos de bestias salvajes y alaridos de indios. Mientras tanto, de cuando en cuando el viento repiqueteaba cual campana distante de una iglesia, o envolvía al viajero en un rugido ronco, como si toda la naturaleza riese de él con desdén. Pero en sí, él mismo era el mayor terror de la escena y, ciertamente, los demás terrores no representaban envidia alguna para él.

«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –rugía Goodman Brown cuando el viento osaba reirse de él».
«Escuchemos quién de los dos reirá más fuerte. No penséis que con vuestros diabólicos procederes llegaréis a espantarme.
Venid, bruja; venid, hechicero; venid, indio powwow; venid, vos diablo mismo; que aquí viene Goodman Brown. Deberíais vosotros también temerle, tanto como él os teme a vosotros».

De cierto habremos de admitir que, a lo largo y a lo ancho de aquel poseso bosque, nada podía ser tan aterrador como la visión de Goodman Brown. Siguió adelante volando entre los negruzcos pinos, mientras blandía su bastón con gestos delirantes; a ratos daba rienda suelta a una inspiración magnánima de blasfemias dignas de una bestia y, en otras ocasiones, explotaba en tales ataques de risa que hacían que los ecos de aquella jungla explotaran también en ataques similares, asemejando una multitud de demonios riendo a su alrededor. El demonio en su figura propia es menos monstruoso que al aflorar furibundo en el corazón de los hombres. De esta forma, el endemoniado aligeró su paso hasta que, mientras se estremecía entre los árboles, divisó una luz rojisa ante él, como cuando se ha prendido fuego a los troncos y ramas de un claro del bosque, y estos lanzan sus pavorosas llamaradas hacia el oscuro cielo de la medianoche. Se detuvo, en un breve momento de calma posterior a la tempestad que le llevó a seguir, y escuchó la oleada de lo que parecía ser un himno, que con el acompañamiento de muchas voces viajaba de forma solemne desde la distancia. Reconocía la melodía; le era familiar, ya que la había escuchado antes, interpretada por el coro de la capilla de la aldea. La estrofa, desvanecida de forma súbita, fue alongada por un coro, un coro no de voces humanas, sino un coro de todos los sonidos de aquel ignaro destierro encordando juntos en disonante armonía. Goodman Brown gritó y su bramido se perdió en sus oídos, al bramar al unísono con el grito del bosque.
En un intervalo de silencio caminó sigiloso hasta que la luz hubo resplandecido entera en sus ojos. Al extremo de un espacio abierto, abrazado por la oscura muralla del bosque, se erguía una roca, cuya apariencia asemejaba de forma tosca y natural a un altar o a un púlpito; estaba rodeada por cuatro pinos flameantes, cuyas copas se fundían en llamas, mas cuyas raíces yacían prístinas, como velas en una reunión nocturna. La masa de follaje que había crecido de forma copiosa en la cima de la roca ardía en llamas; resplandecían altas y orgullosas en la noche e iluminaban de forma irregular aquel claro. Cada ramita colgante y guirnalda frondosa estaba envuelta en llamas. Al emerger y desvanecerse, la luz rojjisa permitía divisar de manera alternada a una numerosa congregación: desaparecía, al segundo siguiente, en las sombras e,  instantáneamente, surgía de nuevo, como si, a partir de las penumbras mismas, habitase al solitario corazón del bosque.

«Una comitiva revestida de obscuridad y solemnidad–dijo Goodman Brown».

Y en realidad lo eran. Entre ellos, aparecían agitándose de adelante hacia atrás, entre tinieblas y esplendor, rostros que podrían divisarse al día siguiente en el consejo directivo de la provincia y otros que, domingo tras domingo, miraban con devoción hacia el cielo y con benevolencia por sobre los bancos abarrotados del templo, desde los más santísimos púlpitos en el altar. Algunos afirmaron que la dama del gobernador estaba allí. Al menos había cinco damas de alta alcurnia conocidas suyas, y esposas de honorables consortes, y una gran multitud de viudas, y viejas doncellas de excelente reputación, y muchachitas jóvenes, quienes temblaban ante la idea de que sus madres les estuviesen espiando. Quizás el resplandor repentino de luz intermitente sobre aquel obscurecido campo deslumbró a Goodman Brown, ya que creyó distinguir al menos a una veintena de miembros de la iglesia de la aldea de Salem famosos por su particular santidad. Gookin, el buen diácono anciano, había llegado y esperaba bajo el amparo de aquel su venerado santo, el pastor. Mas, mezclándose en irreverencia con tales gentes, gentes de buena reputación, piadosas y serias, con estos ancianos de la iglesia, con estas púdicas damas y vírgenes ingenuas, había hombres de vidas disolutas y mujeres de manchada fama, desdichados entregados a toda clase de vicios obsenos e infames, e inclusive sospechosos de hórridos crímenes. Resultaba extraño, sin duda alguna, que los bondadosos no se achicaban ante la mirada de los impíos, ni que los pecadores se avergonzaban ante los santos. Dispersos también entre los pálidos rostros de sus enemigos estaban los sacerdotes indígenas, o powwows, quienes tan a menudo habían llenado de los más abominables encantamientos a sus bosques nativos, encantamientos que en cuantía superaban a cualquier artilugio conocido por la hechicería inglesa.

«¿Pero dónde está mi Fe? –pensó Goodman Brown; y se estremeció al anidar un ápice de esperanza en su corazón».

En ese momento, una nueva estrofa del himno pareció iniciar, con un compás cadente y lleno de tristeza, como el amor piadoso, mas se unió en seguida a un puñado de palabras que expresaban todo aquello que nuestra naturaleza concibe como pecado, e insinuó de forma oscura mucho más. Para los simples mortales, insondable, sin duda, resulta la sabiduría popular de los demonios. Se cantaba estrofa tras estrofa; y el coro de aquel desierto seguía incrementando su intensidad como el acorde grave de un poderoso órgano; y con el último repicar de este terrible himno sobrevino un sonido; parecía como si el rugido del viento, el correr de los arroyos, el aullido de las bestias salvajes y cualquier otra voz de aquel recóndito destierro se entremezclase y crease un acorde con la voz de multitud de hombres culpables rindiendo homenaje al príncipe de todo. Los cuatro abetos incandescentes lanzaron hacia el cielo llamaradas más profusas que, de forma críptica, descubrieron figuras y rostros aterrorizados en las espirales de humo que se formaban sobre las cabezas de la asamblea impía. En ese preciso momento, el fuego de la roca se tiñó de un rojo sangre y, avanzando hacia el frente, formó un arco resplandeciente sobre su base, en donde entonces apareció una figura. y, con reverencia sea dicho, aquella figura no compartía similitud alguna, ni en su atuendo ni en sus gestos, con alguna divinidad sobria y recatada de las iglesias de Nueva Inglaterra.

«¡Traed a los conversos al frente! –chilló una voz potente, que produjo un sonoro eco a lo largo y ancho de aquel campo, y que se esparció en los adentros del bosque».

Tras tal mandato, Goodman Brown salió de entre las sombras de los árboles con pasos ligeros al encuentro  de la congregación, por la cual sentía en ese momento una hermandad remisa, debido a la simpatía malévola que acarriaba en lo más profundo de su corazón. Casi incluso pudo haber jurado que una visión de su propio finado padre le animaba a seguir adelante desde lo alto, mirándole desde un girón de humo, mientras que una mujer, con sombríos gestos de desesperación, levantaba su mano para advertirle que regresara. ¿Sería su madre? Mas no poseía potestad alguna sobre sí mismo; no era capaz de dar un paso a atrás, ni de resistirse. Inclusive su raciocinio parecía poseído por algún espíritu maligno de impotencia, ya que no pudo reaccionar cuando el ministro y el benerable diácono Gookin asieron sus brazos y le dirigieron hacia la roca incandescente. Hacia allí venía también una escuálida figura femenina, cubierta por un velo, escoltada por Goody Cloyse, esa tan piadosa maestra del catecismo, y por Martha Carrier, a quien otrora el diablo mismo prometiera nombrar reina del infierno. Verdaderamente se trataba de una desenfrenada vieja bruja, una arpía. Y allí de pie aguardaban los prosélitos, bajo la fronda de fuego.

«Bienvenidos seais, ijos míos –comentó la figura sombría–, a la comunión de los de vuestra raza. De esta manera, habéis encontrado aún temprana vuestra naturaleza y vuestro destino».

Volvieron sus rostros a atrás; y en un resplandor general pudieron ver que allí aguardaban también, entre pliegos y girones de fuego, los adoradores diabólicos. Pudieron notar sus sonrisas sombrías de bienvenida, brillando en cada rostro demoníaco.

«Allí –continuó aquella figura civelina– están todos aquellos a quienes habéis dado reverencia desde vuestra juventud. Les habéis considerado mucho más santos que vosotros desde siempre, y os habéis avergonzado de vuestros propios pecados, los que siempre habéis comparado con sus vidas de rectitud y de aspiraciones reverentes y celestiales. Mas están aquí, en esta mi asamblea de adoración. En esta noche, os será otorgado el privilegio de conocer sus grandes y secretas obras: de todas aquellas palabras lascivas que ciertos ancianos de barba blanca de la iglesia han susurrado a las jóvenes doncellas de su servidumbre, de aquellas bebidas embrujadas que algunas damas, urgidas de luto, han dado a beber a sus maridos antes de dormir la última noche sobre su pecho, de aquel desenfreno de algunos jovenzuelos aún sin barba por heredar a como dé lugar las riquezas de sus padres y de todas aquellas buenas damiselas que no se han ruborizado, oh dulzuras, al cavar una pequeña cripta en sus jardines, y me han dado el privilegio de ser el único invitado del funeral de sus infantes. Y gracias a que vuestros corazones son proclives a abrazar el pecado, perfumaréis todo lugar, ya sea vuestros templos, alcobas, calles, campos o bosques, donde se hubieren cometido crímenes atroces, y os regocijaréis por mirar a la Tierra entera manchada de culpa, como una monumental mancha culposa de sangre. No obstante, más allá de todo esto, será vuestro deber ahora el de interiorizar, en cada corazón, lo más profundo del misterio del pecado y la fuente de toda arte maligna. Y así, de forma inagotable, que se alimenten más impulsos malévolos, más que cualquier poder humano, más que mi poder mismo, y que al final, en su culmen, se manifiesten en obras maravillosas. Y ahora, hijos míos, miraos el uno al otro».

Ambos jóvenes hicieron lo ordenado. Y, al lado del resplandor de aquellas antorchas infernales, el desdichado hombre miró a su Fe, y la esposa a su esposo, estremeciéndose ante aquel altar maldito y profano.

«Miraos allí de pie, hijos míos –dijo la figura, con un tono solemne y profundo, casi melancólico, con un horrible tono de desesperanza, como si su otrora naturaleza angélica aún pudiese lamentarse por la miserabilidad de los de nuestra raza–, dependientes de vuestros propios corazones, aún deseando que la virtud no fuese tan solo un sueño. Mas ahora ya habéis sido desengañados. La maldad es la naturaleza de la raza humana. La maldad deberá sser vuestra única felicidad. Bienvenidos de nuevo, hijos míos, a la comunión de vuestra raza».
«Bienvenidos» repitió la orda de adoradores demoníacos, en un solo alarido de desmoralización y triunfo.

Y allí estaba, la pareja solitaria, según parecía, aún vacilante, al borde de la maldad en este mundo sombrío. Frente a ellos había una jofaina, esculpida naturalmente en la roca. ¿Contenía agua enrojecida por la espeluznante luz? ¿O era sangre? ¿O, por ventura, llamas líquidas? En ella, la figura viva de la maldad mojó su mano, preparándose para trazar la marca del bautismo sobre sus frentes, para que de tal forma fueran partícipes del misterio del pecado, más concientes de la culpa de otros, tanto en obras como en pensamientos, de lo que lo podrían estar de sí mismos. El marido echó una mirada a su pálida esposa, a lo que ella respondió de la misma forma. ¡Qué desdichas sin ventura les mostrarían sus miradas la próxima vez que se miraran uno al otro, estremeciéndose juntos ante aquellas revelaciones y visiones!

«¡Fe! ¡Fe! –gritó el esposo– ¡Mirad al cielo, y resistid al maligno!»

Nunca supo con certeza si le obedeció, ya que, a penas hubo hablado, se encontró a sí mismo en medio de una noche apasible y solitaria, en la cual únicamente se oía el rugido del viento que se extinguía de forma pesada a través de los abetos del bosque. Se tambaleó estupefacto sobre la roca y sintió su superficie helada y húmeda, mientras que una rama que colgaba en lo alto, que hace tan solo unos instantes ardía en llamas, salpicó sus mejillas de un jélido rocío.
A la mañana siguiente, el joven Goodman Brown regresaba con pasos lentos por las callejuelas de Salem, mirando a su alrededor con un gesto apabullado. El buen ministro anciano caminaba por el cementerio; se dirigía a tomar un aperitivo de desayuno y a meditar su próximo sermón. Al pasar al lado de Goodman Brown, le confirió una bendición. Sin embargo, se escondió de aquel santo benerable como quien trata de evadir algún espíritu excecrable. Por otra parte, el viejo diácono Gookin oraba en un culto doméstico; las santas palabras de su oración podían escucharse a través de las ventanas abiertas. “¿A qué deidad le rezará este viejo brujo?” se dijo Goodman Brown. La vieja Goody Cloyse, esa excelente cristiana, estaba allí de pie dentro de su celosía, mientras tomaba el Sol de la mañana, catequizando a una pequeña niña, quien le habría traído una pinta de leche matutina. Goodman Brown le arrebató la niña como si hubiese sido de la mano misma del demonio. Al girar en la esquina de la capilla, vislumbró el rostro hermoso de Fe, adornada con sus listones rosáceos, quien miraba ansiosa hacia el horizonte en espera de su amado. Al verle, prorrumpió en tal ataque de alegría que corrió a su encuentro a lo largo del camino, y que incluso por poco besa a su esposo frente a todo el pueblo de Salem. Sin embargo, Goodman Brown la miró severo y triste a los ojos y pasó a su lado sin saludo alguno.
¿Sería posible que el joven Goodman Brown tan solo se habría dormido en medio del bosque y tenido convulsas pesadillas sobre algún aquelarre nocturno?
Quizás sí; sin embargo, ay, para el jjoven Goodman Brown no fue más que un sueño de presagios malévolos. Desde esa noche de horripilantes pesadillas, se convirtió en un hombre adusto, sombrío, triste, desconfiado, meditabundo e inclusive sin esperanzas. En el día de reposo, cuando en la congregación se cantaba un salmo solemne, le era imposible escucharlo, ya que un himno retorcido de concupiscencia resonaba en sus oídos y anegaba de su cabeza a aquellos compases sagrados. Ahora acontecía que, cada vez que el ministro predicaba con notable autoridad y ferviente elocuencia desde el púlpito, y que, con su mano sobre la Biblia abierta hablaba de las verdades sagradas de nuestra religión, y de las vidas en santidad y de las muertes triunfantes, y del gozo futuro y de la miseria inefable, Goodman Brown empalidecía ante un temor creciente de que un trueno celestial hiciese derrumbar al techo mismo sobre aquel blasfemo anciano y su audiencia. A menudo, al despertar a medianoche de forma repentina, se escurría del seno de Fe, mientras que en las mañanas y al anochecer, cuando la familia se reunía para orar de rodillas, fruncía el seño y murmuraba para sí mismo, miraba severo a su esposa, le daba la espalda y se marchaba. Y cuando hubo vivido largos años y su cuerpo cano hubo sido cargado hasta su tumba, en compañía de su Fe, envegecida, y sus hijos y sus nietos, y a su lado un grupo de no pocos vecinos, todos en santa procesión, nadie talló epitafios de esperanza eterna sobre su lápida, pues la hora de su muerte sobrevino obscura..

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