La visión de la cruz

ACTUALIZADO

 

Hoy, para su conocimiento, traigo mi traducción propia y original de un poema anglosajón del siglo IX.

 

El poema fue originalmente escrito en inglés antiguo y fue encontrado en unos manuscritos hallados en el norte de Italia a finales del siglo X. No se sabe a ciencia cierta quiénes fueron sus autores ni la fecha exacta de su composición, pero se cree que este poema tiene relación con la Cruz Ruthwell, ubicada al sur de Escocia, y que fue erigida a mediados del siglo VIII, y en la que se presentan runas talladas con parte de lo que parece ser el discurso de la cruz de este poema con algunas variaciones. De ahí que se crea que este poema data del siglo IX. La versión que traduje al español, ya que un día quise encontrar una versión en español de él y no la encontré, es la versión en prosa de E.T. Donaldson. Pues dicho esto, aquí les dejo mi versión, seguida de la original en inglés.

 

Escuchad, hermanos, os hablaré de la más esplendorosa visión, de lo que soñé a la medianoche, cuando todo hombre y sus pláticas yacían en descanso. Me pareció distinguir al árbol más excepcional, elevado en lo más alto, abrazado por luz, brillante como un rayo. De oro se vestía por completo este extraordinario blasón. Lo cubrían variadas y numerosas gemas allá donde el suelo acariciaba su raíz y cinco descansaban justo sobre su aspa. Lo observaban fíjamente vastas Huestes de Ángeles, orgullosos de la visión tan maravillosa que habían creado. Este, ciertamente, no se trataba de ninguna horca para criminales, sino que era objeto de contemplación para los espíritus celestiales de aquel lugar, para los hombres en la Tierra y para toda la gloriosa Creación. Maravilloso resultaba el Árbol del Triunfo y, yo, manchado por el pecado, herido estaba por mis fechorías. Pude ver al Árbol de la Gloria brillar espléndidamente, adornado con todo tipo de ropajes, bañado en oro; con dignidad, el Árbol del Señor había sido cubierto por gemas. Sin embargo, a través de tanto brillo, a través de todo ese oro, percibí la agonía antigua causada por miserables, ya que este comenzó a sangrar por su costado derecho. Me sentí afligido; un desconsuelo latente se apoderó de mí; tuve temor debido a tan horrible visión. Miré cómo el ropaje y el color de este brillante blasón sufrieron un cambio drástico: ahora estaba mojado, húmedo, empapado por el constante fluir de sangre, adornado por tan valioso tesoro. Mientras, yo, yaciendo allí por un tiempo infinito, atribulado, solo observaba al árbol del Salvador hasta que escuché cómo su voz despertó: el mejor de los árboles me habló:

«Fue hace mucho tiempo, aún lo recuerdo, que fui cortado de los lindes del bosque, arrancado de mi raíz. Unos fuertes malhechores, a quienes considero mis enemigos, me llevaron de allí, me dieron la forma que desearon y me ordenaron ser castigo de sus delincuentes. Los hombres me cargaron en sus hombros y me erigieron en lo alto de una colina. Me plantaron allí. Un día vi al Señor de la humanidad presuroso, con un corazón resuelto y fuerte, por que fuera su castigo. No tuve valentía suficiente para desobedecer o negar los designios de Dios cuando sentí la superficie de la Tierra temblar. Pude haber batido a todos mis enemigos, pero, en su lugar, me levanté orgulloso y fulminante. A continuación, el joven Héroe se desnudó —era Dios Todopoderoso—, resuelto, robusto y de corazón valiente. Subió a mí, alta horca audaz ante muchos ojos, para liberar a la humanidad. Me estremecí cuando este guerrero me ofreció su abrazo, mas no me atreví a caer en Tierra, caer al duro y frío suelo. Debí permanecer de pie, fuerte y orgulloso. Fui erigido una Cruz. Levanté al Rey Todopoderoso, Señor de los Cielos: no me atreví a doblarme. Perforaron mi ser con oscuros clavos. Aún se ven las heridas en mí, cicatrices permanentes de odio. Sin embargo, no me atreví a lastimar a ninguno de ellos. Se burlaron de nosotros. Me vi empapado por mares de sangre, sangre derramada por este hombre a través de su costado, cuando hubo entregado su espíritu. Soporté vastas amarguras en aquel monte. Observé cómo el Dios de Muchos era atormentado de forma cruel. Una lobreguez nocturna cubrió el cuerpo del Soberano del Cielo, radiante esplendor, con sus tinieblas. Las sombras despertaron; el mundo languideció en obscuridad total bajo las nubes. La creación plañía y lamentaba la caída del Rey. Cristo estaba en la Cruz.

«Más tarde, de lejos, algunos se apresuraron hacia donde yacía el Señor. Es lo que presencié. Mi pena, dolor y aflicción eran indescriptibles, pero aun así me incliné manso y ansioso ante las manos de aquellos hombres. Al instante, tomaron al Señor Todopoderoso; lo levantaron de aquel grave tormento. Los guerreros me abandonaron allí, de pie, cubierto de sangre, herido con flechas por todas partes. Sobre el duro suelo lo colocaron, cansado; pisotearon su cabeza; no mostraron respeto alguno por el Señor de los Cielos. Y él descansó allí durante un momento, acabado luego de aquella furiosa lucha. Después, unos guerreros le construyeron un sepulcro, que cavaron en una gran roca, ante la mirada de sus asesinos; colocaron allí al vencedor de toda lucha. Comenzaron a entonar un himno cadente de lágrimas, desolado en aquel crepúsculo. Desearon regresar, cansados, de donde habían dejado al Príncipe Supremo, quien quedó en compañía de pocos. Mientras tanto, nosotros permanecimos de pie en nuestros lugares durante lo que me pareció una eternidad, sollozando. La voz de los guerreros se apagó. Su cuerpo helado yació, santo templo del Espíritu. Para aumentar mi dolor, algunos comenzaron la tarea de derribarnos —oh, el temible suelo, ¡destino terrorífico! Del mismo modo, algunos nos enterraron en un hoyo muy profundo. Y así aconteció que miembros de la guardia del Señor, amigos, me encontraron allí… y me cubrieron de oro y plata.

«Ahora ya podrás comprender, mi querido hombre, que soporté embates de malhechores y muchas penas dolorosas. Y ha llegado la hora de que toda la humanidad a lo largo y ancho de la Tierra me honre —y a toda esta creación gloriosa— y que ore en fe a este su blasón. Sobre mí, el Hijo de Dios padeció en algún momento. Por ende, me yergo glorioso bajo los cielos y puedo curar a todo aquel que me adore. En los tiempos antiguos, me convertí en el más horrible de los tormentos, aborrecido por todo hombre, antes de que preparara el camino correcto en la vida para aquellos que poseen voz propia. Pero mira, el Señor de la Gloria me honró de entre todo árbol del bosque, oh Soberano del Cielo, tal y como Él honró a María su madre, oh Dios Todopoderoso, para el bien de la humanidad entera, de entre todas las mujeres.

«Por esto te encomiendo, mi querido hombre, que hables a la humanidad sobre esta visión. Di en tu relato que es acerca del Árbol de la Gloria, sobre el que nuestro Señor Todopoderoso sufrió por los pecados de la humanidad y por las obras de Adán en los inicios de los tiempos. Probó la muerte sobre este árbol, pero resucitó para ayudar a la humanidad con su majestuoso poder. Ascendió a los cielos. Y de nuevo vendrá a la Tierra, en busca de la humanidad, el Día del Juicio Final. El Señor mismo, el Señor Todopoderoso, junto con sus ángeles, vendrá a juzgar a cada persona, así como Él fue juzgado en su corta vida en este mundo, ya que Él tiene el poder de juzgar. Y nadie deberá permanecer impávido ante las palabras que el Soberano dirá. Antes de esto, Él preguntará si de entre todos los que allí estén hay un hombre que, en el nombre del Señor, soportare una muerte tan amarga como la suya en la Cruz. Pero temerán. Y no encontrarán palabra alguna qué ofrecerle a Cristo. No obstante, nadie que sobre su pecho soporte el peso del mejor de los blasones deberá temer, ya que aquellas almas que de paso estén por este viaje terrenal y que deseen morar con el Señor deberán buscar el reino por medio de la Cruz».

Incontinenti, hermanos, oré a aquel árbol, alegre, seguro, y allí estaba yo, con muy poca compañía. A partir de aquel instante, mi corazón se sintió necesitado. Soporté momentos largos de deseo y ansiedad. Ahora existe esperanza de vida para mí, ya que se me otorgó todo permiso de buscar el Árbol del Triunfo. Así es que desde entonces, en soledad, he honrado a aquel árbol más a menudo que cualquier otro hombre. Por esto, el anhelo de mi corazón es grande y fuerte y mi esperanza de protección reside en la Cruz. No poseo muchos amigos poderosos en la Tierra, ya que han dejado atrás todos los placeres de este mundo y han buscado al Rey de la Gloria por sí mismos. Ahora ya viven en los cielos con el Padre Altísimo, moran en la gloria. Y siempre espero con ansia el día en el que la cruz del Señor, que contemplo aquí en la Tierra, me arrebate de esta corta vida y me lleve entonces adonde la alegría es grande, a los placeres de los cielos, adonde el pueblo del Señor celebra un gran banquete, adonde el gozo es eterno. Y entonces me dirija a mi lugar, donde a partir de aquel momento viva en la gloria, disfrutando todo aquel gozo junto con los santos. Que el Señor sea mi amigo, aquel que una vez aquí en la Tierra padeció en la Cruz por los pecados de la humanidad; nos liberó y nos regaló una vida, una vida en sus moradas celestiales; revivió la esperanza, con alegría y gozo, para aquellos que soportaban el fuego; fue victorioso en aquella incursión, poderoso y triunfante; finalmente ascendió con una multitud, una hueste de almas, al Reino de Dios, el Soberano Todopoderoso; y los ángeles y todos los santos que moraban allí en gloria se regocijaron cuando su Soberano, el Dios Todopoderoso, arribó a su morada celestial.

 

Traducción al inglés en prosa de E. T. Donaldson, basada en la edición del poema de John C. Pope, “Eight Old English Poems”, 3rd ed., rev. por R. D. Fulk (2000): The Dream of the Rood.

 

Listen, I will speak of the best of dreams, of what I dreamed at midnight when men and their voices were at rest. It seemed to me that I saw a most rare tree reach high aloft, wound in light, brightest of beams. All that beacon was covered with gold; gems stood fair where it met the ground, five were above about the crosspiece. Many hosts of angels gazed on it, fair in the form created for them. This was surely no felon’s gallows, but holy spirits beheld it there, men upon earth, and all this glorious creation. Wonderful was the triumphtree, and I stained, with sins, wounded with wrongdoings. I saw the tree of glory shine splendidly, adorned with garments, decked with gold: jewels had worthily covered the Lord’s tree. Yet through that gold I might perceive ancient agony of wretches, for now it began to bleed on the right side. I was all afflicted with sorrows, I was afraid for that fair sight. I saw that bright beacon change in clothing and color: now it was wet with moisture, drenched with flowing of blood, now adorned with treasure. Yet I, lying there a long while troubled, beheld the Saviour’s tree until I heard it give voice: the best of trees began to speak words.

“It was long ago—I remember it still—that I was hewn down at the wood’s edge, taken from my stump. Strong foes seized me there, hewed me to the shape they wished to see, commanded me to lift their criminals. Men carried me on their shoulders, then set me on a hill; foes enough fastened me there. Then I saw the Lord of mankind hasten with stout heart, for he would climb upon me. I dared not bow or break against God’s word when I saw earth’s surface tremble. I might have felled all foes, but I stood fast. Then the young Hero stripped himself—that was God Almighty—strong and stouthearted. He climbed on the high gallows, bold in the sight of many, when he would free mankind. I trembled when the Warrior embraced me, yet I dared not bow to earth, fall to the ground’s surface; but I must stand fast. I was raised up, a cross; I lifted up the Mighty King, Lord of the Heavens: I dared not bend. They pierced me with dark nails: the wounds are seen on me, open gashes of hatred. Nor did I dare harm any of them. They mocked us both together. I seas all wet with blood, drenched from the side of that Man after he had sent forth his spirit. I had endured many bitter happenings on that hill. I saw the God of Hosts cruelly racked. The shades of night had covered the Ruler’s body with their mists, the bright splendor. Shadow came forth, dark beneath the clouds. All creation wept, bewailed the King’s fall; Christ was on Cross.

Yet from afar some came hastening to the Lord. All that I beheld. I was sore afflicted with griefs, yet I bowed to the men’s hands, meekly, eagerly. Then they took Almighty God, lifted him up from his heavy torment. The warriors left me standing, covered with blood. I was all wounded with arrows. They laid him clown weary of limb, stood at the body’s head, looked there upon Heaven’s Lord; and he rested there a while, tired after the great struggle. Then warriors began to build him an earth-house in the sight of his slayer, carved it out of bright stone; they set there the Wielder of Triumphs. Then they began to sing him a song of sorrow, desolate in the evening. Then they wished to turn back, weary, from the great Prince; he remained with small company. Yet we stood in our places a good while, weeping. The voice of the warriors departed. The body grew cold, fair house of the spirit. Then some began to fell us to earth—that was a fearful fate! Some buried us in a deep pit. Yet thanes of the Lord, friends, learned of me there…. decked me in gold and silver.

“Now you might understand, my beloved man, that I had endured the work of evildoers, grievous sorrows. Now the time has come that men far and wide upon earth honor me—and all this glorious creation—and pray to this beacon. On me God’s Son suffered awhile; therefore I tower now glorious under the heavens, and I may heal every one of those who hold me in awe. Of old I became the hardest of torments, most loathed by men, before I opened the right road of life to those who have voices. Behold, the Lord of Glory honored me over all the trees of the wood, the Ruler of Heaven, just as also he honored his mother Mary, Almighty God for all men’s sake, over all woman’s kind.

Now I command you, my beloved man, that you tell men of this vision. Disclose with your words that it is of the tree of glory on which Almighty God suffered for mankind’s many sins and the deeds Adam did of old. He tasted death there; yet the Lord arose again to help mankind in his great might. Then he climbed to the heavens. He will come again hither on this earth to seek mankind on Doomsday, the Lord himself, Almighty God, and his angels with him, for then he will judge, he who has power to judge, each one just as in this brief life he has deserved. Nor may any one be unafraid of the word the Ruler will speak. Before this host he will ask where the man is who in the name of the Lord would baste bitter death as he did on the Cross. Bus then they will be afraid, and will think of little to begin to say to Christ. There need none be afraid who bears on his breast the best of tokens, but through the Cross shall the kingdom be sought by each soul on this earthly journey that thinks to dwell with the Lord.”

Then I prayed to the tree, blithe-hearted, confident, there where I was alone with small company. My heart’s thoughts were urged on the way hence. I endured many times of longing. Now is there hope of life for me, that I am permitted to seek the tree of triumph; more often than other men honor it well, alone. For it my heart’s desire is great, and my hope of protection is directed to the Cross. I do not possess many powerful friends on earth, but they have gone hence from the delights of the world, sought for themselves the King of Glory. They live now in the heavens with the High Father, dwell in glory. And every day I look forward to when the Lord’s Cross that I beheld here on earth will fetch me from this short life and bring me then where joy is great, delight in the heavens, where the Lord’s folk are seated as the feast, where bliss is eternal. And then may it place me where thenceforth I may dwell in glory, fully enjoy bliss with the saints. May the Lord be my friend, who once here (in earth suffered on the gallows-tree for man’s sins: he freed us and granted us life, a heavenly home. Hope seas renewed, with joys and with bliss, to those who endured fire. The Son was victorious in that foray, mighty and successful. Then he came with his multitude, a host of spirits, into God’s kingdom, the Almighty Ruler; and the angels and all the saints who dwelt then in glory rejoiced when their Ruler, Almighty God, came where his home was.

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