Alhambra

¡Hola!

 

Como primer entrada de este mi blog, dedicado a compartir historias de mi autoría, traducciones, opiniones de temas de actualidad a nivel costarricense y mundial, entre otros, les quiero compartir la traducción que hice de una historia escrita por mí compañera Anyelin Ruiz Enríquez y por mí para uno de mis últimos cursos de la carrera de inglés, Literatura Británica. En un futuro post les estaré compartiendo la historia original en inglés. Sí, este blog es de carácter bilingüe, así que espero a nadie le moleste. Cualquier comentario, corrección y discusión acerca de cualquier tema es bien recibido y respetado. Esta historia pertenece al género de literatura romántica gótica y de terror. Espero la disfruten.

 

Bueno, y ahora, la historia.

Hace mucho tiempo, cuentan los vecinos de Dunffries, ocurrió algo inexplicable en la comarca. Sin embargo, nadie parece recordar con exactitud lo que sucedió. Tan solo, describen la escena más terrorífica. Según su relato, pasada la media noche, vieron un espantoso incendio a la distancia y escucharon un tormento de gritos y lamentos que provenían de la antigua Mansión Dunn, aunque parecían provenir más bien del mismísimo infierno. Y aun así nunca sabrán la verdad… a menos que, utilizando sus habilidades intelectuales y críticas, descubran la verdad detrás de todo esto, al escuchar esta historia.

 

Aquella tarde, el ambiente del lugar era igual que siempre o, al menos, igual que desde que ella se hubiera convertido en un espectro, o lo que algunos prefieren llamar, una sombra, una sombra no solamente de su alma, sino también de su pasado y de lo que solía ser hace mucho, mucho tiempo. El día era oscuro, frío y ventoso. De hecho, las nubes no permitían que la luz del sol se asomara incluso un instante; era como si las nubes se resistieran a la fortísima lucha de los rayos de sol, dejándolos sin poder alguno. Los días pasaban similares a este en el mausoleo que ella había construido; la luz no se dejaba ver. Era como si la oscuridad hubiera tomado posesión de la casa en su totalidad, de la casa y de su alma. El nombre de aquel ahora cadáver era Alhambra, cadáver ya que ella no podía ya considerarse una humana; vagaba en aquella vieja mansión de espanto, una mansión llena de memorias que la habían sumergido en un profundo pantano de sombras. Hacía muchos años, su padre, Broehain Dunn, un escocés propietario de vastas tierras en aquella región, y que manejaba una enorme fortuna, y su madre, una marroquí de una belleza exuberante, habían perecido en un naufragio en el Mar Mediterráneo; sin embargo, le heredaron una mansión antigua, de tiempos ancestrales, una gran cantidad de deudas y pobreza extrema. Los pobladores de la comarca cuentan que ella solía ser una mujer hermosa, de una beldad exótica: sus características físicas eran indescriptibles; era pelirroja, de una piel suave y cálidamente pálida y tenía unos llamativos ojos azules que semejaban el color del zafiro y poseían la calma de la mar profunda. No obstante, lo que ahora restaba de ella eran los vestigios del tiempo y la miseria de la vida.

 

Ella era parte de aquel edificio. Entonces, su cabello era gris, gris como las nubes de un día de tormenta, y sus ojos reflejaban mares tempestuosos. Su piel era pálida y seca como un inerte témpano de hielo. Ella se había fundido con la oscuridad de aquel lugar, con su pulverulencia y su silencio. La Mansión Dunn era una casa antiquísima y agonizante del siglo XVI con numerosas habitaciones y recovecos, sótanos y áticos, y escalinatas en donde el polvo y las telarañas prevalecían. En aquella tarde, la afluencia del Río Nith, ubicado cerca de la casa, luchaba por dar algo de vida al ambiente de luto y desesperación de aquel lugar. Jardines de salvajes arbustos descuidados y de espinosas flores marchitas cubrían los terrenos frontales de la desmoronadiza estructura. En sus lados traseros y adyacentes, bosquecillos de retorcidos y decrépitos pinos y alisos coronaban los alerones del tejado y los alféizares de la mansión. Aquella morada era tan espaciosa que cada uno de sus rincones era llenado por puro vacío, incluyendo el corazón y la mente de Alhambra. Ella, sentada en una vieja mecedora en el salón, esperaba por la llegada del anochecer rumiando sus confusiones; en realidad, esperaba por su amado, Dean. Las sombras habían crecido, proyectando diferentes siluetas informes sobre las murallas grises del salón. A través de la ventana, la puesta del Sol anunciaba la llegada de sombras e incertidumbre.

 

Cada día, pasada la puesta del Sol, su amado aparecía y la saludaba. Pacientemente, ella siempre lo esperaba sentada en su mecedora. Él era un hombre de tez blanca, fornido y alto, de ojos verdes y cabello rubio, el típico irlandés. Normalmente vestía un uniforme de obrero común, ya que trabajaba como operario en el molino de agua local. Todas las noches, compartían un rato juntos disfrutando del recuerdo de mejores días y contando historias. El recuerdo de aquellos viejos tiempos les evocaba sentimientos de paz y de luz, una luz de la que ahora carecían, y también les hacía añorar la gran cantidad de tiempo que solían tener… el mismo que los había separado. Era una carrera campal contra el tiempo… el tiempo hostil que había deteriorado la belleza de Alhambra, pero no así el vasto amor que se profesaban. Sin embargo, ella sufría porque su paz le había sido arrebatada y su locura la había conducido a un estado perpetuo de soledad y reclusión, una reclusión que la había transformado en una autómata que vivía sus días sumida en desdicha y eterno luto. En aquella noche, particularmente, su amado parecía más distante que de costumbre; su cara reflejaba un profundo enojo y desesperación. Ella no podía comprender la naturaleza de tal actitud. Él no la besó y estaba frío, tan frío como un gris sepulcro. Ella le ofreció una taza de té, también una copa de güisqui, pero con un gesto de su mano él rechazaba toda señal de atención cordial.

 

A la vigesimosegunda hora de aquella jornada, en aquel enorme salón en el que ambos se encontraban, todo era silencio y calma a pesar de que, allá en el lejano bosque de las montañas, el aullido de los lobos, y la luz de la Luna en el alto cielo, anunciaban el inicio de una noche llena de conspiraciones. Dentro de la casa, la temblorosa luz de las velas semejaba pequeños espíritus danzando alrededor del lugar, a pesar de que no había ninguna corriente de aire en la habitación. La tensión que llenaba el ambiente se entremezclaba con los polvorientos muebles antiguos y juntos proporcionaban una quimera de desesperanza, ansiedad y temor a la situación. De un pronto a otro, los nubarrones del cielo prorrumpieron en una furiosa tormenta que asemejaba la fiereza de un Kraken en persecución de su presa. Los truenos y rayos que acompañaban la torrencial lluvia golpeaban todo Dumfries.

 

Dentro del salón, Alhambra se levantó de su deteriorada mecedora para así dirigirse al antiguo piano de cola de su padre, el cual difícilmente producía música alguna debido al paso del tiempo; quería sumirse en un melancólico concierto de recuerdos moribundos y de lágrimas de desdicha. Dean, su amado, quien era un flautista irlandés, le impidió tocar al poner una mano gélida sobre su hombro; ella se volvió hacia él y le vio tocar la flauta. El hombre interpretaba una cadenciosa tonada irlandesa; sonaba como un lamento lejano. La canción era obscura y triste y se prolongó por al menos hora y media, música fundiéndose con el caer de la lluvia y los oscos tambores celestiales. Una vez que la música cesó, Alhambra observó algunos cuervos volando alrededor de la mansión a través de un tétrico vitral que daba al jardín de la casa. De repente, un agudísimo graznido ensordecedor la hizo exaltarse y gritó despavorida. Ella sabía que aquella era la señal. “No, no, por favor, Aswad, ¡no esta noche!”, exclamó desesperada, pero una figura delgada y tenebrosa apareció al pie de las escaleras que conectaban al salón con el segundo piso de la casa. Era un hombre. Era alto y delgado, de piel color bronce, ojos oscuros y cabello castaño. Tenía un aire oriental que no transmitía otra cosa que indiferencia y frialdad. Vestía un traje de negocios de inicios del siglo XX. Se trataba de Aswad, el esposo de Alhambra.

 

Unos años atrás, cuando Alhambra vivía momentos más felices, Aswad había muerto… los habitantes de aquel pueblo desconocen aún la razón de su fallecimiento. Sin embargo, sospechan que algo realmente perverso y malévolo ocurrió pues en el pueblo circulan historias acerca de un espíritu que atormentaba a Alhambra de vez en cuando. Su esposo era un hombre de negocios egipcio. Se había mudado a vivir con ella en la Mansión Dunn, ya que había fundado una compañía naviera que ofrecía servicios de transbordador entre Dumfries y Galloway e Irlanda del Norte. Se habían conocido en un viaje en bote a través del Mar Irlandés. Se enamoraron y se casaron más tarde. Pero ahora, estaban ya separados por los límites de la muerte, a pesar de que él luchaba por apegarse a un estado sobrenatural… aunque su propósito a ciencia cierta era totalmente desconocido. En aquella noche, no obstante, parecía que dicho propósito había madurado lo suficiente como para volverse realidad, una realidad que yacía lejos de ser paranormal.

 

En el momento preciso en el que Aswad aparecía, una fuerte rayería iluminaba el lugar revelando una visión pálida y temible: una vieja mujer decrépita encorvada sobre una herrumbrada silla de piano antigua, un flautista irlandés con una mirada severa y un esbelto hombre de una estatura considerable amenazándolos con una daga de bronce. Aquel espíritu se encaminó entonces hacia ellos con pasos firmes, sosteniendo y apuntando la daga hacia Dean. La daga tenía restos de sangre y, ante esta visión, Dean sufrió de repente de un terrible espasmo. Alhambra comenzaba ya a perder la cabeza. En numerosas ocasiones, ella había sido testigo de cómo las maquinaciones del espíritu de Aswad arruinaban de forma abrupta una y cada una de sus hermosas noches de Luna llena. Cada mes tenía que soportar las más malévolas trampas y engaños causados por él. La compañía de su amado, sin embargo, era la única cosa que la hacía sentir un poco más segura en aquella noche, a pesar de que parecía más extraño de lo común desde la aparición del fantasma de Aswad. Entre más se acercaba Aswad a Dean, más fuertes se tornaban los espasmos de los que este era preso. Y luego sucedió. De un pronto a otro, Alhambra observó horrorizada cómo Dean sufría una transformación. Era horripilante, una tortura a la vista. Su guapísimo rostro se convirtió en una deformidad de cicatrices sangrientas y su cuerpo ya no era más un conjunto compacto de huesos, músculos y piel. Por el contrario, se transformó en una figura informe de retorcidos girones de piel, huesos rotos y carne sangrienta que colgaba de ropa rota y rasgada. La mirada que lanzaban sus ahora furiosos ojos verdes reflejaba un deseo de sangre y venganza. Su ira había incrementado de tal manera que la más mínima provocación podía hacer hervir el alma.

 

De hecho, él ya tenía “la más mínima provocación” y algo más: la sangrienta daga de bronce de Aswad. Entonces, Dean ya no era más un hombre ordinario; había vuelto a su estado natural, un estado que semejaba a aquel de Aswad. Me explico. Él también había muerto hace mucho, mucho tiempo, incluso antes de que Aswad apareciera en la vida de Alhambra. Él era el primer esposo de Alhambra, quién un día falleció en el más trágico de los accidentes. Él era en verdad un operario en el molino de agua local, como anteriormente mencioné, pero él jamás se habría imaginado lo que le iba a ocurrir en una tarde normal de otoño mientras trabajaba. Como tarea diaria, se le había asignado alimentar la caldera con carbón para hacer funcionar la noria. Este mecanismo estaba ubicado al lado de la orilla inferior de la noria, así que debía bajar cada vez que necesitaba poner carbón en él. Infortunadamente, el puente que conducía a la caldera consistía en una tabla de madera estrecha e inestable que, en aquella ocasión, decidió ceder ante el peso de su cuerpo, así que cayó bajo aquel mecanismo y fue electrificado. Además de esto, la noria en movimiento aplastó y mutiló su cuerpo. Cuenta la historia que, tras su muerte, Alhambra se sumergió en un profundo y oscuro océano de luto y dolor. Su depresión la enloqueció. Pasaba los días llorando y divagando por la Mansión Dunn hasta que un día, por recomendación de una amiga suya, asistió a una consulta con una especie de druida celta, quien le administró una medicina para supuestamente enfrentar su locura. No obstante, esta medicina tenía serios efectos secundarios si el tratamiento era interrumpido. Un día, lo indeseado ocurrió. El druida que le había proporcionado la medicina murió y la dejó sin provisiones de la medicina ni la fórmula para prepararla. Por tanto, interrumpió el tratamiento y se desquició por completo. Curiosamente, esto sucedió en los días en que Aswad desapareció de forma misteriosa.

 

En la escena, la flauta irlandesa de Dean se había transformado también en un arma; ahora era una pala de obrero. Quizás se trataba de la misma pala que él sostenía el día de su muerte. Ambos fantasmas ahora se azuzaban uno al otro. Por un lado, el espíritu de Dean pasaba por un momento de celos recalcitrantes y de naturaleza humana debido a la relación de Alhambra con Aswad. Y, por otro lado, el fantasma de Aswad buscaba venganza, venganza en contra de ellos. Alhambra, cuando aún Aswad vivía, lo había advertido en numerosas ocasiones acerca de su aparente locura, pero él nunca daba mucho crédito a tal mención. Sin embargo, un día, mientras él leía solitario en la biblioteca de Mansión Dunn, escuchó un grito femenino escalofriante y pasos que se apresuraban hacia el lugar donde él se encontraba. Era Alhambra, sosteniendo en su mano una daga de bronce y con la cara congestionada. Él intentó calmarla, pero era inútil. Murmuraba el nombre de su anterior consorte, profería juramentos y se lamentaba. De pronto, gritó “te amo Dean” y apuñaló a Aswad directo al corazón. Él, él fue la víctima de los efectos secundarios de la medicina maldita de aquel druida celta. Ella, debido a esto, había rebasado todos los límites posibles de la locura y la desesperación.

 

En aquel momento, a penas pasada la media noche, cuando ambos espíritus estaban inmersos en una enloquecida pelea sobrenatural, y mientras Alhambra se abandonaba a una ordalía de gritos, espeluznantes gritos, gritos capaces de helar la sangre de cualquiera, los dos fantasmas se desvanecieron cuando un rayo impactó directamente el salón de la casa, como si el mismísimo Thor lo hubiese invocado; la tormenta aún no había cesado. Entonces, un incendio enceguecedor comenzó a consumir aquella agonizante casa. El rayo había impactado el piano, causando un estruendo disonante seguido de un trueno ensordecedor que estremeció la estructura en su totalidad. Estremeció el corazón, las columnas y los cimientos de la mansión, así como también estremeció el corazón y el alma de Alhambra. Su amado entonces ya había partido, para siempre. Ella estaba totalmente perdida en sus lamentaciones, su dolor, su locura, su miedo y sus recuerdos.

 

Allí, a sus pies, yacía la pala del espectro de Dean, convertida en carbón, y unos dos metros más allá se encontraba la daga sangrienta del espíritu de Aswad, misma daga con la que había sido asesinado. Caminó hacia la daga con evidente dificultad. A penas si podía ver a través de la nube de humo que cubría la ancestral mansión. Estaba en el mismísimo infierno. El calor estaba en extremo elevado. Era tanto que ya no podía soportar. Tomó la daga con una mano raquítica y temblorosa y la apuntó hacia su pecho. Pero, en ese momento, un incandescente trozo de biga se desplomó sobre el salón de la mansión de su padre y la hizo caer. Ella, sosteniendo aún la daga, permaneció inmóvil en el suelo, recordando en retrospectiva toda su vida… todo su dolor… todos sus momentos felices… y todos sus arrepentimientos. Y, para nuestro conocimiento, como si ella se hubiera desvanecido al igual que aquellos temibles espectros, nunca nadie halló su cuerpo o señal alguna de ella luego de esa noche.

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